viernes, 3 de octubre de 2014

Prácticas tuteladas. El misterio que entrañan.

Enfermeros de segundo. Esto va por ustedes. Sí. Por vosotros. Sé que nos saltamos tooooodas las prácticas tuteladas II, pero el segundo cuatrimestre fue bastante atareado. Peeeeero, no obstante he vuelto para daros un par de consejos.
Me gustaría que supierais que soy vocal en la Junta de Facultad y en la Junta de Departamento, por lo que se podría decir que soy vuestra representante a nivel de dirección de Facultad, por lo que si alguno de vosotros tiene algo que comentarme o algún problema que quiera solucionar, puede ponerse en contacto conmigo. Ahora no estaré por el aulario, pero podéis mandarme un correo si queréis, y podremos buscar un hueco: albaouteda@gmail.com

¿Por qué escribo ahora? Pues porque sé que vais a empezar ahora con los blogs de informática, y espero (porfaplisporfaplis) que nuestro blog haya gustado y os lo enseñen como referencia (¿Qué pasa? cada uno sueña con lo que quiere.... jajaja) y espero que esto os llegue.

Muchos empezaréis pronto las prácticas. Sé que en este momento os sentís un poco idiotas, porque tenéis muchas ganas, pero por otra parte tenéis un montón de miedo. Y es normal. Os puedo asegurar que la primera habitación que piséis (y muy probablemente todas las del primer día) os parecerán un mundo nuevo. No sabréis cómo hablarle a los pacientes. No sabréis qué decir. Pero sabed que ES COMPLETAMENTE NORMAL. Nadie nace aprendido, y JAMÁS aprendemos del todo. Daos un poco de tiempo, dejad que os habituéis al clima hospitalario y poco a poco empezaréis a coger soltura, sobretodo a nivel personal.
Quiero deciros que no sirve de NADA ser un hacha poniendo vías. No sirve de NADA saberse la fisiología humana al dedillo. No sirve de NADA ser el mejor de la promoción si no sabéis tratar al paciente. Lo más importante, queridos compañeros, no es saber cómo hacer una cura. Lo más importante es hacerla bien y con cariño. De nada vale que le hagáis un procedimiento impoluto, perfecto y brillante si ni siquiera habéis tenido un gesto amable con el paciente.

Mi mayor consejo de cara a las prácticas es uno, y sólo uno:

TRATAD AL PACIENTE COMO OS GUSTARÍA QUE TRATASEN AL SER MÁS QUERIDO QUE TENGÁIS.

Os puedo asegurar que si lo hacéis así, todo irá bien. Porque si te equivocas, no pasa nada. Todo el mundo se equivoca; pero creedme que todo se lleva mejor cuando el paciente y tú sois amigos.
Ser vosotros mismos es una excelente manera de empezar en el hospital, porque no tendréis la necesidad de desempeñar un papel que os costará esfuerzo. Recordad que si habéis llegado hasta aquí es porque valéis, y de veras que lo haréis genial.

Lo malo de las prácticas... sin duda... ¿Queréis saberlo? El irse. Pocos son los que no han soltado alguna lagrimilla al marcharse. (Y yo lloré como una mona...) Porque es realmente gratificante ver cómo un paciente mejora día a día, y cómo han cambiado drásticamente en tu estancia... Y sabes que tú no lo has curado, pero sí que has contribuido a ello; y eso, señores míos, es lo mejor que te puede pasar. Cuando los pacientes se marchan del hospital y se despiden de ti nunca te dirán "Ay, te echaré de menos por lo bien que me pinchas". No. Si lo has hecho bien te dirán "Te voy a echar muchísimo de menos. A ver quién me hace reír mientras me sacan sangre, o quién me viene a dar los buenos días y a ver si he comido a gusto". Y la mejor, sin duda, de todas las frases es la pronunciada "Eu te levaba pra casa conmijo". Esa es la que a mí me hace sonreír día tras día al pensar en mis pasos por el hospital.

Por favor, os pido, más que nada, que queráis a los pacientes, por bordes, estúpidos o molestos que sean. Queredlos y tratadlos con cariño, porque nunca se sabe cuándo seréis vosotros los que estéis en una cama de hospital.

lunes, 9 de junio de 2014

El caos de tener ansiedad-depresión y exámenes

Queridos lectores, nos encontramos de nuevo. Me gustaría retomar el blog, pero no pudo ser antes por la infernal carga de trabajo del segundo cuatrimestre.
Hoy quiero hablaros de algo que nos afecta a muchos; y sí, yo soy una de ellas, pero he de considerarme vencedora en el campo, pues conseguí seguir adelante.
Os quiero hablar de cómo afectan los trastornos psicológicos más comunes a la hora de los exámenes. ¿Por qué ahora? Bien, muchos de los que estéis en la universidad (bien sea en Enfermería o en cualquier otra carrera) habréis sufrido ya el azote que ello supone y los consiguientes suspensos. Otros muchos, estaréis aún en educación secundaria o bachiller, y estáis pasando por ello. Y, por último, muchos de vosotros tenéis en breves las pruebas de selectividad.
No es cuestión de estudiar. Es cuestión de que tienes una enfermedad. Sí, no nos engañemos. Es una enfermedad. A mí aún me cuesta asumirlo. Y soy la primera que al ir al médico no se lo comenta cuando le preguntan “alguna enfermedad?”. Sí, tengo depresión. Y estoy a tratamiento. Pero no por ello valgo menos. Y es algo que todos los que paséis por lo mismo tenéis que saber. Muchas veces se nos dice que tenemos que cambiar de forma de ser, que somos muy nerviosos (gente con ansiedad) o muy solitarios y tácitos (gente con depresión). Pero no “somos” así por gusto.
Cuando alguien padece una enfermedad “visible”, si suspende un examen o tiene una mala época escolar, todo el mundo se compadece y le alientan a restarle importancia. ¿Pero qué pasa cuando tu enfermedad no se ve? Qué pasa… pasa que la gente te empieza a decir cosas. Te empieza a decir que tienes que centrarte, que te pones muy nervioso, que así no haces nada… y, ¿qué? No es tan fácil como dejar de ponerte ansioso o dejar de tener ganas de dormir todo el día.
Y no es fácil si no te medicas.
Es una sensación de angustia. Quiero que sepáis lo que es un periodo de exámenes para alguien que padece algún trastorno psiquiátrico. He de decir que tuve la inmensa suerte  de contar con alguien que me “obligó” a ir al médico, en donde me empezaron a tratar mi depresión, y todo volvió a la normalidad. Ya no me costaba estudiar, ya no me quería olvidar de todo. Y por suerte, este curso, no he tenido ni el más mínimo problema para mantener mi media en perfecto estado. ¿Qué se siente? Rabia. Mucha rabia. Es la sensación de estudiar como el que más, de saberte hasta el más estúpido detalle. De estar seguro de que vas a comerte ese examen. ¿y qué pasa? Que llegas al momento, llegas al examen y esa voz perturbada de tu interior te dice que ni lo intentes. Que no vales nada. Que cualquiera lo puede hacer mejor que tú. Entonces todo se derrumba. Todo cuanto sabías se ha esfumado. Los conocimientos arden como papel de fumar. Y vuelves a sentir esa oscuridad. Sales del examen y lo último que te apetece es ver cómo a todos tus compañeros les ha salido genial. Porque sabes que tu examen ha sido una puta mierda. Sabes que no podrías haberlo hecho peor. Y es cierto. Pero no porque seas un vago y no estudies. Durante el examen, vas haciendo juicio de todo. Lees la pregunta mil y una veces, y sientes que no puedes responderla. A veces notas cómo se te hunde el pecho. Como si te acabasen de arrojar un pesado ladrillo encima. Sientes que te falta el aliento y que no puedes respirar. Y ahí está otra vez; la voz se ríe y te recuerda que todo lo mucho que has estudiado se va a quedar en el olvido. Y lo que es peor, te dice una y otra vez que cuando se lo cuentes a la gente, ellos pensarán que es porque eres idiota. O porque no estudias. O por ambas.
Estas haciendo el examen y la palabra fracaso no deja de resonar en tu cabeza. Te tiembla el bolígrafo. Sientes que vas a poner mal hasta tu nombre. No es racional. Sabes que es un problema cuando una lágrima empieza a empañar tus ojos. Y sientes como que las piernas te empujan hacia arriba y te instan a levantarte y marcharte.
Pero esto no pasa en un examen. Ni en dos. Pasa en todos y cada uno de ellos. Pasa cuando tienes que entregar un examen. Pasa cuando vas a una revisión. Pasa cada minuto de tu vida.
Es un círculo jodidamente vicioso. Tienes una enfermedad, y te hace sentir mal. A raíz de ello, las cosas salen mal. Y esto es como la más pura yesca que te aviva el fuego interno. Prende como la pólvora y cada vez te sientes peor. Cada vez te hundes más. Y lo peor es que intentas nadar hacia la superficie pero no da resultado. Ves a todos tus compañeros en la orilla, disfrutando del baño, y tú ahí, ahogándote. Y puede que te intenten salvar, pero siempre te sentirás solo. Y es una de las peores partes de todo esto.
Si ya es tortura suficiente salir sabiendo que has perdido el tiempo, lo peor es cuando recibes la nota. Es la confirmación de la decadencia. Es el hachazo que le faltaba a tu sentido.
“otra vez”. “y otra” “y otra más”. La gente pasa por encima de ti y tú cada vez estás más lleno de barro.
Pero no es porque seas idiota. Ni un vago. Ni mal estudiante. Tienes una enfermedad. Una enfermedad que, os voy a ser sincera, no se cura sola. No basta con cambiar de actitud.
No se soluciona con apoyo. No se soluciona aprobando un examen; porque siempre seguirás teniendo la sensación de no valer una mierda.
Por eso, queridos lectores, si alguien puede sentirse identificado con esto, quiero deciros una cosa. Y sólo una:
“ID AL MÉDICO”.
Sé que os puede parecer obvio, pero muchos no vamos al médico. Muchos pensamos, “ya se nos pasará”. Pero no se pasa. Es más, cada vez se hace más y más grande.
Quiero que sepáis que no estoy hablando de tener un mal día, o de que pases por una mala época y suspendas. Estoy hablando de algo más serio. De algo que está ahí todo el día. Con sus 24 horas. De un sentimiento irritante que te hace ser menos. Hablo de un constante pesar, de un desasosiego continuo. No hablo de levantarte estresado o de mal humor. No hablo de estar triste por el fallecimiento de un ser querido. Hablo de una enfermedad.
Una enfermedad que te arruina la vida, que te aleja de tus seres queridos y te trunca el futuro. Por eso, no dejéis de perseguir vuestros sueños, no permitáis que la depresión o la ansiedad arruinen todo el trabajo que hacéis. No le deis un segundo más. No.
Y sí, esto va por ciertas personas. No las quiero nombrar porque no todo el mundo quiere hablar de estos temas. Porque os quiero y sois mucho para mí. Y yo lo he superado, he juntado  fuerzas y me han dado medicación. Y ahora estoy perfectamente. Ahora puedo concentrarme en lo que me importa, y ahora puedo ser otra vez yo.
Y tú, en especial tú; eres una persona maravillosa, con un brillante futuro por delante que desluce por esos suspensos que te nublan y te entristecen. Sabes, tú, y sobretodo tú, que te he dicho varias veces que esa ansiedad tendría que estar controlada y medicada. Sabes que puedes con todo eso y más. Sabes que todo se puede superar, pero no puedes hacerlo sola. ¿Vas a permitir que la ansiedad te robe la ilusión de tu vida? ¿Vas a permitir que todo el trabajo que te pasas (que todos hemos estado contigo en la biblioteca) no valga para nada? Porque yo no quiero que lo permitas. Ni yo, ni el resto de los nuestros.  No tengas vergüenza, no estás sola. No eres una inútil ni una fracasada. Eres una magnífica persona que tiene ansiedad y ello le dificulta las cosas. Pero te contaré un secreto: “benzodiacepinas para todos ;)”



sábado, 8 de marzo de 2014

8 de Marzo


Todos recuerdan que hoy es el día de la mujer trabajadora, pero también es el patrón de la profesión que, hasta hace bien poco, era exclusivamente femenina. 

Hoy es el día de San Juan de Dios, nuestro patrón, patrón de las enfermeras y también de los enfermeros. Hoy es, para nosotros, el día de la mujer y del hombre trabajador.


De los que estamos al pie de una cama preguntando si tienen dolor, si han comido bien. De los que vamos a darle sus pastillas y no perdemos la paciencia si el señoriño en cuestión sigue sin saber cuándo tiene que tomarlas. De los que están ahí cuando te pones enfermo. De los que si hace falta se quedan en la habitación hasta que estés algo mejor. De los que escuchan toda tu vida y comparten contigo la alegría que tienes por tus nietos. De los que son además amigos. De los que se van a casa y siguen pensando en ti y en qué tal estarás. De ellos. Y de nosotros. De todos los enfermeros. 

¡Feliz día de la Enfermería!


jueves, 13 de febrero de 2014

La depresión

Queridos lectores, hoy quiero hablaros de un problema de salud que afecta a un gran número de personas.
No esperéis que os cuente la fisiopatología y la etiología de esta enfermedad, sino que quiero daros unos conocimientos más bien de actuación, unos conocimientos que nos harán comprender un poco mejor a estas personas.

Quiero hablaros de la depresión. Hay mucha gente que no considera la depresión como una enfermedad, sino que cree que es un estado de ánimo. Y no, señores, la depresión es una enfermedad peligrosa.
La depresión es silenciosa. Es algo que no todo el mundo deja ver. Muchas personas con depresión por fuera parecen personas alegres, pero no es más que una máscara para esconder la vergüenza que les produce sentirse así. Y nosotros tenemos que ser los primeros en enseñarles que estar enfermo no es una vergüenza.

La depresión empieza como un mal día. Empieza siendo un simple sentimiento de tristeza, pero que se va apoderando de uno. Día tras día. Es como tener una especie de nube negra que se va haciendo más grande cada día que pasa, y te impide ver el sol. Es una nube tóxica que te carcome lentamente. Un día estás bien, al día siguiente te sientes una mierda.

Esta nube es como una segunda cabeza que no deja de decirte lo malo que eres. Lo pésimo y mediocre que eres. Cuando quieres aventurarte a hacer algo siempre está ahí para decirte “no lo hagas, total, como no vales para nada te va a salir mal”. Te hace dudar de ti mismo. Y de los que te rodean. Y no, la depresión no es un juego de niños.

Si hay algo que me enferma de la depresión es la gente que rodea a los pacientes deprimidos.  A nadie en su sano juicio se le ocurriría decirle a una persona con cáncer “coño, levántate de cama, que te pasas todo el día durmiendo. Normal que así tengas cáncer. Sal a la calle, y diviértete” o “es que tienes que distraerte, así normal que tengas cáncer”. No, a nadie se le ocurre decir eso. Entonces, ¿por qué a las personas con depresión se les dicen este tipo de cosas? Una persona deprimida no pasa el día en cama porque sí, se lo pasa en cama por muchas razones. La primera es que no se siente bien, está débil y se siente cansado. Otro motivo es que las dudas y los problemas le abordan por la noche y le impiden dormir. Y fundamentalmente, pasa el día durmiendo porque así cuando se despierte, el día habrá acabado.
La depresión no es una broma. Es una enfermedad grave que puede llevar a la persona a la ruina. Es saber que por mucho que te esfuerces, no vas a mejorar en nada. Porque desengañémonos, señores, la depresión no se cura con fuerza de voluntad. ¿Acaso una neumonía se cura con voluntad? ¿Acaso una gastroenteritis se cura con voluntad? No, no y no.

Por eso, queridos amigos, prestad atención a lo que os rodea. Prestad atención a las personas que están a vuestro lado y fijaros bien si padecen esta enfermedad.
Las personas con depresión suelen tener sueño por la mañana, cansancio, apatía, pocas ganas de hacer cosas, abandono de sus actividades comunes, pérdida de aficiones, de amistades… y no debemos confundirlo con un día malo. La depresión es tener días malos todos y cada uno de los días durante meses, o años.

Cuando alguien crea que puede tener depresión lo más sensato y rápido es acudir al médico de cabecera. Ellos verán qué es pertinente, y creedme que la farmacología de la depresión es efectiva y no es para nada dañina.

Y si algo sé de la depresión es lo mucho que merma a las personas. La depresión  no es una vergüenza, no es un motivo por el que tener vergüenza. Y al principio cuesta entenderlo.
Así que, queridos lectores, espero haberos hecho comprender cómo se siente una persona con depresión, y que a partir de ahora nos lo tomemos como algo más serio.


Os dejo un vídeo estupendo que me parece muy ilustrativo:

miércoles, 5 de febrero de 2014

El inicio de una vida

Quiero tratar un tema que me parece fascinante. Un tema que asusta y satisface a la vez.
Toda madre sabe lo frágil, delicado y vulnerable que es su bebé. Todo padre sabe lo que es coger en sus brazos a esa cosita que apenas llena el espacio que deja esa "cuna" hecha con los brazos. Eso tan pequeño que será algo tan grande.
Todos los padres saben que es eso. Pero si hay un tipo de padres que lo tienen especialmente claro son los que tienen bebés prematuros.
El tener un bebé prematuro es un miedo constante, es un temor a que el inicio de la vida de los tuyos pueda verse truncada al poco tiempo.
Y es que hoy en día las técnicas de cuidados para los bebés prematuros son increíblemente avanzadas, punteras, fiables y alentadoras. Sí, probablemente un gran número de niños prematuros alcancen el peso, talla y edad óptima, muy probablemente. Y pocas veces morirán por el hecho de ser prematuros.
¿Pero qué pasa con los padres? Saben que esa tecnología es buena, pero el miedo sigue ahí. Acaban de verlo por primera vez pero lo quieren como si llevase toda una vida ahí. Es un amor ciego, realmente. Lo acaban de "conocer" y ya darían su vida por él. Y por eso desde la enfermería también tenemos que apoyar a los padres. Porque ellos son quienes peor lo pasan.
El bebé prematuro puede tener problemas, paradas, dolores, pero bien seguro que no se acordará de ello cuando crezca, no supondrá un trauma. Pero para los padres es un verdadero apuro. Es saber que tú tienes que irte a casa y que tu pequeña cosita se quedará ahí. Que pasará las noches sin ti. Y oye, el pequeño estará perfectamente cuidado, que tendrá a toda la planta de enfermeras de materno pegadas a su cristal babeando por esa cosita tan pequeña. Pero tú, en tu casa, te darás la vuelta y verás que la cuna que tenías preparada para su llegada sigue vacía.
En los hospitales permiten que los padres permanezcan al lado de la incubadora, con su niño, pero no durante la noche. Por ello, es duro. Y nosotros, como enfermeros, tenemos que prestar cuidados también a los padres.
Y no quiero cerrar la entrada sin agradecer enormemente la labor de matrones, enfermeros, pediatras, auxiliares y demás personal que velan por todas estas nuevas vidas, porque ya luchan nada más nacer. Sin ninguno de ellos, estos pequeños grandes campeones jamás estarían ahí. Ellos, todos ellos, dan vida a las personas que nacen cuando aún no se ha formado del todo su vida.

Y como pequeña reflexión, diciendo que el tema de los prematuros me taca en cierto modo de cerca, he de decir que gracias a todos los cuidados, hoy puedo disfrutar de una de las mejores personas de mi vida. De lo que es todo para mí, y de la persona que me hace sonreír aún habiendo tenido el peor de los días. Porque si aquel 1 de junio todo el equipo de sanitarios de Montecelo no hubiera prestado sus mejores cuidados a aquel enano feocho, con esa cara alargada pero esos preciosos ojos enormemente azules, hoy no estaría conmigo la persona de la que más orgullosa me siento. (Y que hoy en día ya no es feocho, ¿eh?)


sábado, 4 de enero de 2014

Más vale tarde que nunca.

Queridos lectores, aquellos que os sigáis pasando por aquí o que aún ahora os hayáis encontrado con nuestro blog. Esto es para vosotros. Sé que es algo tarde, pero no quiero empezar el año sin felicitaros a todos las fiestas.
Gracias por leernos, y gracias por estar ahí.
Felices fiestas a todos, aunque estén terminando :(
Nosotras estamos por aquí, perdidas entre apuntes, sin saber muy bien qué estudiar o qué dejar de lado. Este año es curioso, a decir verdad, ya os contaremos el por qué en las próximas semanas, primero dejemos que lleguen los exámenes.
En fin, ¡FELIZ NAVIDAD!

viernes, 20 de diciembre de 2013

Sabor a hospital



¡QUE GRANDES PERSONAS! Mi planta estaba llena de grandes personas con unos corazones que no les cabían en el pecho de lo grandes que eran. 

De estas prácticas me llevo un gran tesoro, y no, no es todo lo que he aprendido, que ha sido mucho, si no una pulsera, sí, estaréis diciendo que está diciendo está loca, pues sí una pulsera, una pulsera hecha por un paciente, que en sus horas muertas en el hospital hace cositas de esas, y tuvo el magnífico y gratificante detalle de hacerme una preciosa pulsera. 

Otra cosa que nunca se me olvidará es ver como un señor al que le has brindado tu mejor sonrisa en los últimos días se emociona al saber que no vas a volver a su habitación a mirarle la fiebre, la tensión o como él me decía “ay marinia xa veis ahí pincharme el dedo”. O mi ancianito preferido que me llamaba guapa y le decía a su mujer “hoy no vino esa chica tan guapa”. Como mi compañera de prácticas, María, siempre me decía “son unos amores todos”, y que razón tenía. 

Ay y mi señorina de la 228 que siempre que me acercaba a su cama oía un “ay mi asturiana” Son pequeñas cosas, simples palabras, pero que te llenan tanto que te hacen sentirte bien contigo misma, no se es que no se explicarlo, lo tienes que vivir para saber lo que es. 

Los voy a echar tanto tanto de menos, no pasar las tardes en el hospital, yendo de habitación en habitación, y saber que cuando vuelva a Santiago mi próximo destino es la horrorosa facultas de Enfermería, pasar la mañana entera sentada en una silla esperando  a que se terminen las interminables clases, que angustia y que desgana tan  grande. 

Solo me queda el alivio de saber que este año aun me quedan otras cinco semanas de practicas y que en tres años, que enseguida pasan, o eso es lo que me digo para animarme, estaré si hay suerte trabajando en un hospital, rodeada de gente a  la que cuidar y darle todo mi cariño y mis ánimos.

Hoy toca decir adiós. Un adiós amargo.

Queridos lectores, hoy todo llega a su fin. Un fin para siempre, ya que no volveremos a reencontrarnos con las mismas personas que han llenado mi vida estas cinco semanas.
Hoy toca cerrar el libro de lo que han sido, sin exagerar, las mejores cinco semanas de mi vida. Y hoy escribo el último punto. Un punto y final de este libro, pero que sin duda será el primero de mi exitosa saga.
En mi libro ha habido muchos personajes, algunos más benévolos, otros más malévolos, pero todos, por una vez en la vida, se unieron para guiar al protagonista (la, en este caso) en sus aventuras. ¿Título? Pues no lo sé. Tal vez, sería una estupidez ponerle título a algo tan grande.
Y metáforas aparte, este tiempo ha sido magnífico; ha sido tan gratificante que algo en mí muere al dejar hoy ese hospital. Como dijo Fany, "ellos se van pero tú te quedas", y es cierto, pero hoy, hoy es otro día. Hoy es el día en el que yo me voy. Y ellos... simplemente se quedarán ahí.
Me entristece pensar en que no voy a volver a entrar por esas habitaciones y a encontrarme sus caras de necesidad, de cualquier cosa. No encontraré esa mirada de agradecimiento. No encontraré sus bromas, ni sus múltiples acentos de la costa gallega. No encontraré nada.
No podía marcharme sin una foto de Silent Hill y sus enfermeras
Y en mi casa, sin medicación que preparar, sin esa rutina que ya me había creado, miraré por la ventana y pensaré "¿Qué tal estará Fulanito? Ay, ojalá que hoy hubiera comido un poco más que estos días". Y cada vez que vea un tapón amarillo tirado por casa me entrará la nostalgia de los buenos tiempos en los que los usaba para cerrar vías.


Menudo dramón estoy haciendo de algo tan estúpido ¿no? tal vez, pero, yo que puedo asegurar que entré en Enfermería sin saber exactamente si era lo mío, esto me ha hecho amar más y más a mi profesión.
Me ha hecho abrir los ojos a la realidad, a las personas. Me ha hecho ser más humana y persona. Me ha hecho reencontrarme conmigo y con lo que quiero.
Hoy, último día, digo adiós a lo que me ha hecho sentirme enfermera estas semanas, para volver de nuevo al camino de la sapiencia y de adquirir nuevos conocimientos. Pero una parte de mí seguirá muerta. Una parte de mí seguirá esperando a las siguientes prácticas, para llegar al hospital y que la reanimen. Porque, queridos lectores, en el hospital no sólo se curan los pacientes, también me curo yo.
Muchas gracias a todos los que leísteis  nuestras entradas, he de decir que no me esperaba tanta acogida, y que estoy orgullosa de lo mucho que hemos trabajado en ello Fany, María, Lore y yo. Hemos sacado lo más profundo de nuestro ser para mostrarlo a todos vosotros, y esperamos haberos enamorado de la Enfermería. Eso, para nosotras, sería lo más recompensante.
Muchas gracias a todos mis pacientes, a los que les deseo absolutamente lo mejor, la pronta recuperación y la más absoluta felicidad. A los que fueron mis pacientes y se marcharon, especialmente a Jose Luis, les deseo que allá donde estén, si es cierto que existe algo más, estén con sus más queridos y que disfruten de una eternidad placentera, ya que se lo merecen por lo mucho sufrido.
A todos y cada uno de ellos, mil millones de gracias.
A todas las enfermeras, a todos los médicos y residentes, a todos los auxiliares y celadores, muchísimas gracias por todo lo enseñado, por lo integrada que me hicisteis sentir y por mostrarme la realidad del hospital desde el otro lado. Gracias, de corazón.

Dulce locura

Cuando comenzamos este pequeño Blog, lo hicimos más por obligación (lo que sea por aprobar la asignatura) que por ganas. Pero lo cierto es que, al menos para mí, ha supuesto un modo de desahogo, de reflexión.

Hoy se acaban mis primeras 5 semanas de enfermera, que no serán las últimas, por supuesto. Echaré de menos esos paseos con mis Macarios hacia el Clínico, haciendo el idiota como solo nosotros sabemos hacerlo bien. Echaré de menos entrar en esa unidad y tener esos momentos de máximo cotilleo, tonterías y muchas, muchas risas con mis compis Jessica, Alba y Roberto. Quien iba a decir que purgar sueros iba a unir tanto. El abuelo, la pija y la de Santa Comba siempre en el corazón, no olvidar! jajaja

Echaré de menos las salidas del hospital, las vueltas a casa cantando y saltando en el coche (Antón, va por ti, sobre todo jajaja), llegar a casa cansada y hambrienta, pero satisfecha.

Y sobre todo...

Echaré de menos esos pasillos, a las enfermeras, a los pacientes... No volveré a entrar en una de esas habitaciones y que me saluden por mi nombre. Esta vez ellos se quedan y yo me voy. Y me da mucha pena.

Por primera vez, tengo claro mi futuro. No quiero ser médico, ni astronauta, ni policía, ni otras profesiones que se me vengan a la cabeza. Quiero esta dulce locura.

QUIERO SER ENFERMERA. 



Gracias por hacerlo posible. 



jueves, 19 de diciembre de 2013

Se acabó lo que se daba...

Hoy, 19 de Diciembre del 2013, se acaban las practicas en el hospital...y parece que fue hace nada cuando me vi en aquella planta por primera vez con cara de nervios y desesperación y ahora ya se acabaron =(

Estas 5 semanas en el hospital me han servido de mucho. En primer lugar, me han ayudado a entrar en contacto con este preciosa profesión bajo la supervisión de los enfermeros de la planta, me he dado cuenta de la complejidad y de la concentración constante que exige este trabajo, pero he de decir que... ¡¡ ME ENCANTA !! En segundo lugar, he aprendido muchísimo en cuanto a procedimientos, cuidados y medicación, que en la carrera pues ya nos habían hablado pero en plan teoría, pero a la hora de la práctica, pillas las cosas mucho mejor y ya no se te olvida. Y para terminar, durante mi tiempo en el hospital he conocido a personas fantásticas...mis queridos pacientes, que con sus antibajos, siempre tenían una sonrisa y una palabra bonita hacia mí.

Me da mucha pena irme porque al principio no te lo parece, pero te involucras en el trabajo de tal manera que ahora cambiar así de golpe la rutina que llevabas pues te da algo de pena. Pero bueno, esta experiencia me motiva aún más a esforzarme a sacar esta carrera adelante y poder cumplir mi sueño.

Así que desde esta entrada, os deseo mucha suerte a todos aquellos que vayáis a empezar prácticas en el hospital y que mostréis iniciativa y ganas de aprender a la oportunidad que os dan.

Muchas gracias a todos mis enfermeros y pacientes. ¡¡ Espero volver a veros algún día !!

¡Gracias!

Las primeras gracias se las quiero dar a mis compañeras de Blog, por haberme puesto tan morriñosa y sensiblona con sus entradas (sabéis que odio cuando me pasa eso) jajaja

Venga, ahora en serio, primero dar las gracias a mis compañeras Alba, Lorena y María por su colaboración conmigo en este proyecto, por sus ideas y por conseguir que alguien lo leyera. También las gracias a vosotros, lectores, por aguantarnos y por aumentarnos el ego con esta buena difusión.

Mi plan para hoy es ponerme más insoportablemente sensible contándoos las frases más bonitas, los detalles más emotivos y los grandes momentos vividos estas 5 semanas en mis primeras prácticas en el hospital.

Mi paciente favorita (aunque esté mal decir eso), Lucía, me brindó grandes ánimos con frases como "para pinchar a una persona, más que experiencia hay que tener maña, y créeme, tú la tienes", "hay personas que nacen para esto y se les nota" o "lo mejor de la tarde es verte aparecer por esa puerta".

Una paciente con demencia senil no hablaba con nadie, ni siquiera con su familia. Yo, que no me callo ni debajo del agua, parloteaba aunque sin esperar respuesta. Un día, llegué y dije "hola, princesa". Esta mujer abrió los ojos, me miró, me sonrió y me dijo "Hola". Solo eso me puso la piel de gallina, porque nos quedamos todos alucinando, sin exagerar. Desde entonces, me habla todos los días, me cuenta un poco, como puede, su vida y cuando no entiende algo, se lo intento explicar de forma que lo entienda.

Otra paciente llegó muy triste, le hice la entrevista y cuando terminé, le pregunté qué le pasaba. Resulta que eran las primeras Navidades en años en las que iban a estar reunidos todos sus hijos y temía pasarlas en el hospital. Le dije que lo sentía, pero que no se preocupara, porque en el peor de los casos, ellos estarían igual de reunidos, aunque fuera en un hospital. No le dije nada del otro mundo, pero de alguna manera, le hice sentir mejor.

No puedo plasmar en una entrada de un Blog todas las emociones y sensaciones que he vivido estas semanas, pero me las llevo a todas conmigo. Me llevo las despedidas, los abrazos de mis pacientes cuando se iban a casa y me decían "non cambies nunca, filliña". Se iban con una sonrisa en la cara y me dejaban a mí con otra.

Pero no solo quiero agradecerle esta gran experiencia a los pacientes. También le doy las gracias a mis enfermeras, grandes trabajadoras que han puesto en muchas ocasiones su confianza en mí, me han corregido educadamente y me han felicitado cuando lo he hecho bien. No olvidaré el día en el que una enfermera dijo de ir conmigo y mi enfermera de la tarde anterior, que estaba también en el turno de ese día, le gritó en medio del control "No! ni se te ocurra robármela! Va a ir conmigo!"

Allí, en el 4A, Unidad de Traumatología, me sentí realmente valorada. Me enseñaron lo mejor que pudieron y lo hicieron realmente bien. Me dieron consejos, me enseñaron técnicas que no vienen en los apuntes. Me dieron grandes lecciones y siempre me trataron como a una compañera más, teniéndome en cuenta, dándome cierta libertad las últimas semanas y dándome pie a la confianza.

Así que, de verdad, gracias. Llegué hecha un manojo de nervios, sin saber qué hacer, si era lo mio y si valía para esto. Ahora puedo decir que sí, sé que esto es lo mí y no podría dedicarme a otra cosa.


Una despedida dedicada.

Sé que a muchos no os va a importar, pero hoy quiero escribirle una carta a un gran paciente. Sé que no la leerá, porque no entiende de blogs y de "interneses" pero espero que él lo sepa, y que lo sienta.
"Querido Isidro. Hoy te escribo a ti. Y nada más que a ti. Me acompañaste durante todas mis prácticas, y hasta apostamos a ver quién se iba primero. Y fuiste tú. Sí señor. Saliste por esa puerta del hospital dos días antes que yo.
Ahora estarás en tu casiña, con tu perro, y yo estaré pasando por tu habitación, asomándome y sin obtener esa sonrisa de respuesta. Ese: "Hombre, Alba, me tenías abandonado". Esa mano levantada que me decía tácitamente "Ven, que quiero hablar contigo". Esa sonrisa muda de alegría. Porque sí, Isidro, eras como mi abuelo, y espero haber sido como tu nieta. Te he tratado lo mejor posible durante todo este tiempo, he intentado hacerte sentir lo más querido posible, y a juzgar por tu sonrisa, creo que lo he conseguido. Y si he de serte sincera, lo que más me enorgullece de todas mis acciones en las prácticas no es haber puesto vías a la primera, ni haber sondado perfectamente. Es haberte hecho feliz. A ti y a muchos más. Y eso es la mejor recompensa de todo.
Recuerdo el primer día que te vi. Fue la primera vez en el hospital, y fuiste mi primer paciente. (y tan paciente, Isidro). Recuerdo que hubo que cambiarte la vía porque estaba un poco chof la que tenías, y protestabas como un cascarrabias. (me río con sólo pensarlo). Llevabas aquella estúpida sonda nasogástrica que tanto te molestaba, y que con tanto ahínco querías quitar. Y me pareciste un paciente difícil. En cambio, los días pasaban y te iba conociendo, te iba viendo realmente. Y así, Isidro, te has convertido en el mejor paciente que podría desear. Un amigo, por así decirlo. Y nos separan más de un lustro de años, pero he descubierto que la amistad no tiene edades, y que puedo hacer sonreír hasta al más desanimado Isidro.
Recuerdo todas nuestras peleas para que comieras, pero al final me hacías caso. Recuerdo tus "cuentos" que me contabas cuando iba por allí, y lo mucho que querías a tu mujer. Todo. E Isidro quiero que sepas que jamás lo olvidaré. Quiero que sepas que hasta el último de mis días en el hospital me acordaré de ti y de lo satisfecha que me hiciste sentir por el mero hecho de cuidarte.
Y sí, amigo,al final ganaste tú. Ganaste porque te fuiste antes. Espero que hayas disfrutado ya de un buen corte de pelo y que te sientas todo lo guapo que te querías sentir. Y lo deseo.
Me supo muy mal el no poder despedirme de ti, pero no contábamos con que te dieran el alta tan rápido. Contaba con poder darte un abrazo antes de que marchases, pero quiero que sepas que todas las compañeras me han hecho llegar los besos y los abrazos que me quisiste mandar antes de marchar a casa.
Y, señor Isidro, Don Sonrisa, quiero que sepas que si algún día voy por tu tierra, voy a preguntar por ti, y si te encuentro, iré a visitarte. Porque te lo debo.
Isidro, mucha suerte, recupérate prontito y disfruta de la vida como tú sólo sabes. Felices fiestas, Isidro. Para ti y para toda tu familia.
Te quiere, Alba." 

Todo llega a su fin, muy a nuestro pesar...



Lunes 18 de noviembre, yo, María Menéndez González llegó a la puerta del Hospital Provincial de Conxo, con una bolsa en la mano, dentro de la cual estaba mi uniforme de las próximas cinco semanas, el pijama blanco; con unos nervios que se apoderaban de mí, y un montón de preguntas que asaltaban mi mente, entre ellas ¿A qué unidad me mandarán? ¿Iré sola o algún compañero vendrá conmigo? ¿Me acogerán bien o supondré para ellos una carga adicional? ¿Haré algo mal ya el primer día? ¿Qué me mandarán hacer, y, lo sabré hacer? etc. 

Una de esas preguntas nada más poner un pie en el hospital se me contestó, no iba a ser un estorbo para ellos, todo lo contrario me acogieron con los brazos abiertos. Estaban en lo cierto todos aquellos que cuando les comenté que me había tocado ir a Conxo y que prefería que me hubiese tocado el Clínico me contestaron rotundamente “estas muy equivocada, vas a estar muy contenta, es como una gran familia, en ese hospital hay un trato más cercano y aprendes lo mismo”. 

Las demás cuestiones se me fueron resolviendo poco a poco, en cuanto al servicio al que iba ser destinada fue al de medicina interna, que se encuentra en la 2ª planta del hospital, a mí me tocó en el 2º izquierda. Además con la gran suerte de que no iba a estar sola, no, iba a tener el apoyo, el gran apoyo de mi compañera María. Juntas poco a poco fuimos haciéndonos con la planta, el primer día, todo lo hay que decir, estamos más perdidas que un pulpo en un garaje. Pero con el paso de las semanas cogimos ya la autonomía de saber qué es lo que tocaba en cada momento de la tarde, sin que las enfermeras de ese turno tuviesen que estar detrás nuestra mandándonos hacer las cosas. 

Asique nada más llegar, a las tres, nos hacíamos con todo lo necesario para mirar las temperaturas de todos los pacientes de las habitaciones, dos libretas y bolígrafos para apuntarlas, los termómetros, unas gasas empapadas, muy empapadas, en alcohol, ya que no fue una ni dos las veces que acabamos las dos con los pijamas mojados, y así emprendíamos nuestro camino por todas las habitaciones. Nos las habíamos repartido de forma que  a mí me tocaban las pares y a ella las impares, asique yo iba siempre a la 224, 226, 228, 230 y 232. Una vez que acabábamos tocaba, sí es que había alguna fiebre comunicársela a las enfermeras y registrar todas las temperaturas en el Gacela.

Luego acompañábamos a nuestras respectivas enfermeras para repartir la medicación de las cuatro, un perfalgan por aquí, una nebulización por el otro lado, un pitufo, un suero,  una glucemia, unos vasitos rotulados con sus respectivas habitaciones y camas y con sus pastillas dentro, y eso sí, siempre un “buenas tardes señor o señora que tal se encuentra, le dejo aquí unas pastillinas que tiene que tomar con la merienda, acuérdese”.

A continuación era la hora de familiarizarnos con la inmensa cantidad de medicamentos y de equivalentes que tienen cada uno de ellos, y con los cartones de los pacientes, es decir tocaba quitar la medicación de las seis, de la cena, de las doce de la noche y del desayuno de la mañana siguiente. Una vez que acabábamos, las enfermeras las repasaban y nos decían los errores que teníamos, siempre explicándonos detenidamente todo. 

¡A purgar todo el mundo! Sí, en las horas muertas nos dedicábamos a purgar los pitufos, una de las cosas de las que me he dado cuenta que con el paso de las semanas fui cogiendo más soltura y lo hacía mucho más rápido, todo gracias a las indicaciones de los enfermeros que nos daban trucos para hacerlo más fácil y rápido. 
Cuando el reloj marcaba las seis en punto nos dirigíamos a las habitaciones en las que había pacientes con alimentación parenteral para parar las bombas de alimentación porque de seis a siete es la hora de descanso para ellos.
También las seis, era la hora de poner alguna nebulización y algún medicamento. 

Una vez que acabábamos al llegar al control ya saltaban rápidamente las enfermeras “niñas id tomar algo que es vuestro descanso, pero eso sí a las siete aquí para las glucemias”
Y nosotras como buenas niñas a las siete en punto estábamos ya con una batea con todo lo necesario para hacer las glucemias en las manos, y preguntándoles a que pacientes se la había que mirar.
Una vez miradas les dábamos un pequeño pinchazo para suministrarles las dosis de insulina que le correspondía a cada uno. 

Hecho esto, volvíamos a acompañar a nuestras enfermeras repartiendo la medicación de las ocho.
Se puede decir que aquí nuestra jornada laboral terminaba, si es que no había algún ingreso o alguna complicación.

 El lunes de la tercera semana nunca se me olvidará, mi primer pinchazo, mi primer vía, y mi primer vía bien puesta. Fue un momento muy importante para mí porque uno de mis miedos desapareció, era capaz a pinchar sin que me impresionase, sin tener miedo, sin que me temblase el pulso. 
 
Una cosa es que te guste la profesión de enfermería y estudiar para ello en la facultad y otra cosa muy distinta es valer para desempeñarla.  Es una profesión muy dura, ves cosas desagradables, dolorosas, a personas pasando por momentos difíciles de sus vidas y a algunas enfrentándose a sus últimos días, te tienes que enfrentar a situaciones complicadas y no puedes cometer ni un solo error, tienes que estar cada minuto, cada segundo con los cinco sentidos puestos en todo lo que haces. 

A parte de esa precisión en todas tus acciones tienes la obligación de no solo realizar bien todas las técnicas sino de ser persona, porque las enfermeras cuidan a los enfermos, son las que los acompañan en todo momento, asique nunca nos podemos olvidar de algo tan importante y tan necesario para estas personas como es ofrecerles nuestro cariño, preocuparnos y hablar con ellos, explicándoles en todo momentos que es lo que estamos haciendo y para qué sirve. 
Unas palabras de afecto, un simple gesto de amabilidad con ellos pueden evitar tener que ponerles un sedante o un calmante. 
 
Y no sabéis lo gratificante que es, hasta que te pasa que un paciente te coja cariño y que nada más entrar en su habitación te diga con una sonrisa en la cara “ya estás aquí, ya pensé que no venías, te estaba esperando” o “vuelve por aquí, no te olvides de mi” o que te digan “que dulce es esta chica, siempre con una sonrisa en la cara” 

Pero más gratificante es aún entrar en la habitación y ver algún paciente vestido de calle y que te diga todo feliz “me dieron el alta, por fin me voy para casa” y saber que en parte fue gracias a ti, a tus cuidados, a tus palabras de aliento y a los ánimos que le transmitiste. 

En cambio alguno no consigue regresar a su casa, por desgracia en la última semana tuve que vivir esta situación. Un paciente que nos había acompañado durante las cinco semanas se despidió de nosotros. Lo viví, sí es una situación muy difícil y dolorosa, pero como toda enfermera algún día iba a tener que pasar por ello, y fue en mis primeras prácticas.

Estas cinco semanas han terminado, con una gran pena me tengo que despedir de todos los enfermos y de las enfermeras de mi planta, y de todo el hospital de Conxo. Pero como me dijeron tengo la gran suerte de poder decir que ya llevo la “marca Conxo” y espero que en los próximos años me vuelvan a tocar otra vez las prácticas en este magnífico hospital. Solo me queda dar gracias por todo lo que me han enseñado y todos los valores que me han inculcado, gracias de verdad.